Centro marista en Maicao

 

El reflejo del rostro, las manos y el corazón misericordioso de Dios

Centro marista en Maicao acoge niños y niñas migrantes - 27/06/2019: Colombia.

 

Para celebrar con una acción concreta la memoria de San Marcelino Champagnat, el 6 de junio la Provincia Norandina inauguró la casa marista “Un corazón sin fronteras”, en Maicao, Colombia, ubicado a 10 kilómetros de la frontera con Venezuela. Es un proyecto que acoge durante el día a niños y niñas hijos de migrantes venezolanos y que no tienen dónde dejar a sus niños debido a las condiciones tan duras y difíciles que tienen que afrontar al llegar a Colombia.

 

Abajo, la Señora Kenia Navas, profesora marista Venezuela que migro a Colombia, directora del centro social, comparte con el mundo marista su experiencia en estas primeras semanas de trabajo.

 

Hace menos de un mes estoy en la frontera entre Venezuela y Colombia, aunque llena de temor por la misión que asumía. Desde el primer momento agradecí a Dios por la oportunidad que me daba y aunque muchos pensamientos cruzaron por mi mente, miedo, preocupación, alegría… emociones encontradas, aun así, sigo agradeciendo a Dios, a Nuestra Buena Madre y a Marcelino porque cada día es una aventura de amor, de entrega y de esperanza.  

El lugar donde se lleva a cabo esta aventura se llama Maicao (Guajira), en un pequeño barrio, Los comuneros.  En compañía del Hermano Héctor Colala y con la colaboración de la Pastoral Social, la casa marista “Un corazón sin fronteras- Maicao”, abrió sus puertas el pasado 6 de junio para recibir niños de venezolanos migrantes y colombianos retornados. Este proyecto de la Comunidad Marista de la Provincia Norandina acoge a niños entre los 5 a 14 años durante el día. Junto a ellos se han acercado a nuestra casa personas con grandes ganas de ayudar; hacer referencia a ellas me hace entender que Dios nos ha abierto los caminos y está presente junto a nosotros: Pamela, Diani, Sandra, se hacen día a día más y más parte del proyecto.

 

Desde el inicio, he escuchado tantas cosas de los padres de estos niños. En medio de su inocencia, a ellos se les escapa algo de tristeza detrás de su sonrisa. La vida no te prepara para este tipo de situaciones hasta que se viven. Creemos tener todo arreglado, planes, proyectos… Sin embargo, hay circunstancias que nos obligan a dejarlo todo: todo aquello que era nuestro, todo lo que era parte de nuestro día a día, incluyendo a las personas que amamos; dejar nuestras raíces, ese pedazo de tierra llamado hogar; cruzar fronteras en busca de una nueva oportunidad. Y salimos con los sueños rotos, llenos de miedo, solo o con lo más cercanos de nuestras familias, nuestros hijos; nos dejamos llevar a otra tierra y el camino se hace eterno pensando en el ayer, preocupados por quienes dejamos o por quienes van con nosotros a un destino incierto. El sonido del viento que susurra en nuestros oídos se convierte en un grito que sale de lo profundo de nuestro ser: “todo estará bien”, dándonos ánimos, fingiendo una sonrisa en medio de la angustia.

 

Mirar sus caras cansadas, escuchando cada palabra, intentando expresar todo lo que guardan en su corazón y sintiendo sus manos tibias tomando las mías, para dar unas gracias, hacen que valga la pena estar aquí. Decirles que estoy para escucharlos y que los entiendo porque yo también deje todo atrás, darles una sonrisa, decirles que tengan fe, mucha fe que con el favor de Dios todo va a mejorar, es mi primer compromiso; aunque me digo a mí misma ¿será que puedo hacer más? ¿De qué otra forma puedo ayudarles?, ¿será que ellos pueden leer y reconocer en nosotros, el rostro de Jesús?

 

 “Un corazón sin fronteras” es un oasis en este desierto, una pequeña gota de agua que hará todo lo imposible por saciar la sed de los pequeños que lleguen a nuestras puertas, haremos todo lo que está en nuestras manos y más para que se sientan amados y cuidados. Los pequeños que han acudido a nuestra casa esta semana con zapatos sucios y piel quemada, llegan temerosos pero luego de un rato corren por el patio, su sonrisa llena todos los espacios, algunos quieren dibujar, cantar,  bailar,  verlos comer entre risas y discusiones vagas, de esas que solo los niños entienden, mirarlos saborear un helado que  para algunos es la primera vez y de la nada escuchar un “TE AMO, MAESTRA” tan abierto, tan inocente, tan sincero me hace pensar que estoy en el lugar que debo estar. Y al final del día llegan los padres y ellos saltan de alegría contando todo lo que hicieron.

 

Mi corazón late más fuerte con tantas emociones encontradas, no dejo de dar gracias a Dios porque cada día los niños que asisten a nuestra casa se hacen parte del sueño Champagnat.

 

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